Mi mamá me dice, desde hace un par de años, me sueña como bebé, y entonces me cuida y me mima. No puedo entrar a su cabeza y saber por qué me sueña de esa manera. Ella misma hace la pregunta y la deja en el aire, espera yo tenga una respuesta para ambas, pero no es así.
Fui la última de una segunda camada de hijos, con una diferencia de casi 15 años entre los primeros y los segundos. Nunca me cuestioné mi lugar, mi mamá siempre me dijo que ella tuvo los hijos que le quiso dar Dios y que en realidad nunca se cuidó para no tener hijos. Esta idea me gustaba y me sentía deseada y amada, pero mi hermana se encargó (por envidia) de decirme otra historia. Dijo que en realidad mi hermano, que nació antes que yo, no era esperado, y entonces yo mucho menos, y que de los no esperados yo era la más inesperada. Entonces llegué a la conclusión que cuando nací, estuve rodeada del enojo de dos hermanos, a uno por haberlo destronado como bebé y a la otra, por destronarla como única mujer. Me miro en restrospectiva en años y quiero saber qué pude sentir como bebé al nacer en una circunstancia así, pero no me recuerdo ni reconozco como yo quisiera hacerlo, yo era una bebé, una recién nacida, como en los sueños repetitivos de mi mamá.
Mi mamá decidió darme su primer nombre, el mismo de aquella Santa que, dicen, cuando era recién nacida, la salvó de esa pulmonía y de la mala suerte ser sepultada. A mi me eligió para darme su nombre, y aunque nadie me llama así, hace años que ya viene gustándome. Ese nombre le dio fuerza a mi mamá, y la salvó de la muerte. ¿Para qué me dio ese nombre a mí? ¿De qué querría salvarme? ¿De cuál muerte?
Antes de que yo naciera, mi mamá (después de un enojo con mi hermana) sale al patio de la privada en la que vivía su tía, sale enojada y en un descuido resbala , para tratar de no caer, erróneamente, jala un tanque de 30 kg de gas y le cae encima y la tira de piernas abiertas en el hueco de un aligibe. En ese instante pude haber salido del vientre de mi mamá e irme directo al agua fría, pero no fue así. Me aferré a la vida y mi nacimiento, meses después –dice mi mamá- fue muy tranquilo. ¿Qué tengo de mi mamá además del nombre? ¿Qué nos une en esos sueños repetitivos de mi mamá? Yo quisiera de ella la fuerza, no sólo de evitar la muerte, si no de enfrentar la vida.
Una imagen imborrable que contradice su fuerza es su etapa de depresión. No me gusta acordarme de esa etapa, porque en realidad en su vida hay muchos pasajes llenos de alegrías y tenacidad. Pero yo nací cuando su juventud se había ido, y sus sueños se fueron dormitando. Mi mamá, mientras yo era adolescente, estuvo dormida en el sillón por problemas con la presión, yo pienso que depresión. En esa época mi mamá decía: En el refri hay comida, hazte un bistec. Era verdad, en mi casa siempre hubo bistec, pero también coca-cola, mi consuelo dulce ante la incertidumbre de mi madre enferma. Para entonces mis hermanos mayores ya no estaban en casa, y me quedé con mi hermano golpeador. Esa época de mi mamá duró algunos años, pero a mí me pesan como eternidad y borran con facilidad “Mi Otra Madre”. La que se levantó de la posibilidad de morir, la que que aventuró por amor y dejó su casa, la que jugó basket en una época que el ejercicio era vetado a las mujeres, la que socorría a sus amigas, la que soportó la pobreza, la que esperó un año a mi padre, la que se rebeló contra las tradiciones de sus tías, la que nunca se entristeció por su orfandad…
¿Qué tengo de mi mamá, además del nombre? ¿Con qué elijo quedarme? No quiero a la madre que me abandonó por su depresión, quiero a aquella que tuvo la fuerza de librar la muerte, pero sobre todo quiero aquella que es capaz de enfrentar la vida.
Madre dame fuerza.
La madre que me abandonó por su depresión no me dio explicaciones.
Madre: Yo era demasiado buena hija e hice todo para que pudieras estar feliz y orgullosa de mi, pero estuviste en la tristeza, y me abandonaste. Yo me sentia imperfecta, fea, insuficiente. No pude retenerte en esa época, no pude traerte a la vida, y tú nombre no sonó tan fuerte para levantarte del sillón por algunos años.
Yo sé que los padres no son perfectos, y a estas alturas debería perdonar sus abandonos a la tristeza, a la depresión, pero también debería perdonarme a mí cuando toco esas aguas saladas. No debería juzgarnos tan duro. Somos mujeres, tenemos el mismo nombre, a veces caemos y ese no es el fin. Sin embargo, a diferencia de mi mamá, yo siempre le he puesto palabras a lo que siento y he aprendido a dejarme cuidar y mimar como en esos sueños de mi madre. A lo mejor a la distancia y en sueños mi mamá trata de sanarme en esos abandonos, y por eso me mima, y por eso soy bebé.
Mamá, ayúdame a sanar mis heridas de la misma manera en que me cuidaste la herida de mi ojo cuando la vecina me lazó al aire y mi cara cayó en el pico del barandal y por muy poco quedo sin un ojo. Cuídame, aún a la distancia, a pesar de los años, porque ya entendí que tu fuerza nace cuando ayudas a otros. Ayúdame y te ayudarás. Ya vendrás a visitarnos en navidad y probarás conmigo que hay mejor alimento que la coca-cola como consuelo dulce.