Mi papel incial en la vida fue gritar y decir verdades.
En el kinder una maestra me castigó después de que le grité –no sé que cosas- a un compañerito por haberme insultado, aunque no entiendo bien, pero me hizo sentir muy mal que me dijera “mula de 4, ya ni de 5” sé que se refería al dominó, y con sus palabras me sentí menospreciada, así que en mi defensa grité, la maestra me descubrío y castigó que me hubiera defendido, me puso hincada bajo sus piernas mientras ella leía un cuento al grupo.
Mis padres me han dicho que en esa época mi frase favorita era “Es mi vida, yo sabré” y que con mi par de pulmones tamaño mini, gritaba con una fuerza que producía un grito mega. Entonces les parecía una gracia y seguramente lo celebraban. De hecho ya adulta, mi padre dijo que admiraba mi valor y recordaba esta potencia pulmonar con la que salía a mi defensa.
Sin embargo, después me hicieron callar. Muchas veces grité y hablé las injusticias en la familia y me hicieron creer que no tenía sentido mencionar lo que me molestaba, y entonces soltaba el llanto ante la negación de mis palabras y repetía una escena en la que lloraba y con mis manos juntas bajo mi boca, decía “entonces me voy a tragar mis palabras” y hacía un ademán como si estuvieran las palabras depositadas en mis manos y las llevaba a mi boca, gesticulando que masticaba algo, la imagen que se me viene es que parecía como un hombre de las cavernas mascando un bocado con gran desesperación.
Aprendí a callar las palabras dichas al aire. Entonces mi actos hablaron por mí, pero siempre con temor de ser descubierta. Ahora no recuerdo las plabras que tuvieron que permanecer en silencio para poder salir en actos, pero de seguro los sentimientos que los motivaron fueron los mismos: el enojo y la frustración. Me dediqué a escondidas a romper/cortar objetos, ya que al silencio no podía hacerle lo mismo. Rompí floreros, esferas navideñas, prendas de vestir. Fui muy hábil en romper los objetos y que nadie se percatara de mi autoría, también muy hábil en esconder los trozos rotos, por lo que semanas después mi mamá o papá preguntaban ¿quién rompió esto? Lo curioso es que su pregunta nunca estaba marcada por el regaño ni la acusación, sino más bien por el temor de que quizá una extraña fuerza o espíritu lo haya realizado ¿quién habrá sido? La pregunta contenía una sensación de miedo incierto ante aquel acto simbólico ritual ejecutado por un ente misterioso.
Mis palabras dolidas y calladas dejaron de ser actos. Busqué otras formas para expresarlas en textos, gestos, sensaciones, miradas, colores.
Dejé de gritar, aunque a veces me dan tantas ganas. Podría decir que mi voz ha triunfado y que mi voz sale a la perfección, pero no siempre es así. Mucho menos puedo decir esto ahora que sigo con esta tos y mis pulmones guardan algo más que aire. ¿Será que al igual que cuando era niña, están el enojo y la frustación? No lo que querido admitir, porque no quiero ser grosera, no quiero gritarle a nadie mi sentir, porque de niña me sentá castigada y culpable por hacerlo. No quiero gritarle a nadie. No. Ni siquiera quiero preguntarle con gritos a la vida porqué me pone a prueba, a caso no soy suficiente, acaso no merezco, acaso mis imperfecciones son tan terribles. Claro que no voy a gritarle esto ni cosas parecidas porque entonces ella me diría “ya ves, por eso hago lo que hago, no ves lo que estás haciendo, voy a vengarme por tu rebeldía” Por favor no le digan a la vida que vine a quejarme de ella, la verdad es que la quiero de mi lado.
Hay una escena de la película “La vida secreta de las palabras” que me gusta. La chica tiene miedo de mostrar su tristeza porque puede ser capaz de inundar la felicidad del otro al que ama y en consecuencias ahuyentarlo. Así me siento ahora, con temor de que los inunde a ustedes y los ahuyente. Es una pena, hoy no tengo buenas palabras, ni recuerdos maravillosos, ni plantas ni cielos para compartir. Ahora está mi voz de tristeza callada, de frustración. Lo siento.
Un amigo me dijo que nunca debería sentir vergüenza por lo que siento, pero hoy es un poco así.
Por ahora se que estos recortes de mi propia historia justifican la idea de aprendí a callar, sentirme culpable por defender lo mío, y a sentir pena cuando me siento triste y esconderme para que nadie se percate de ello. Este será un pasaje que soporte estas ideas que ahora me rodean, y lo hago ya que quiero tener presente que debo seguirme dando voz, que mis palabras deben seguir su curso y no atorarse en mi garganta.