3.25.2013

Querida P.

Señorita.
Creo que la conozco, he visto su rostro más de una vez frente al espejo. He visto sus expresiones y su cuerpo, he conocido su vida y me he metido desde su piel misma a probarla. En algún momento, me tomé el atrevido derecho de lanzar comentarios acerca de su vida, sus habilidades y sueños. Por alguna razón, parece que mi papel se  asemejó a un crítico del arte seco y vacío. Y siempre me dirigí a ud. desde la frialdad, la exigencia y la pedantez. Ahora si me permite, dejaré de hablarle de ud., ya que aunque algunos digan que hablar de ud. implica respeto, a mi sólo me suena como un pretexto para poner distancia, así que espero entienda(s) que si comienzo a tutearte es únicamente con la intención de romper las barreras.

Estimada y querida P. te he tenido presente en mi mente y en mi corazón, y he llegado a conclusiones que difieren bastante de la manera como te había estado tratando. Te veo como una gran luchadora y defensora de quienes lo necesitan, en especial de las mujeres. Sé que el tema del género lo llevas a flor de piel, y tienes una habilidad importante para evitar que se pisoteen los derechos de las mujeres, inlcuídos los tuyos, sin embargo creo que yo fui bastante ágil e imperceptible en inmiscuirme en tu vida. P. lo siento, abusé de tu confianza y en los momentos de debilidad en lugar de abrazarte con cariño, me lancé fuertemente a atacarte creyendo que de esa manera te daría fuerzas para seguir. Ahora que he pensado en los derechos de las mujeres y en tí, pienso en aquellas verdades que ignoré. Lo siento, tú que te has pronunciado en contra de una vida sin violencia, no te merecías el daño. Acepto que he faltado a las convenciones de discriminación hacia las mujeres y también a aquellas que tienen que ver con la erradicación de la violencia, pero estoy dispuesta a enmendar el daño con mi aprecio, cariño y comprensión. He procurado en estos días hablarte con cariño y aprecio, y dar caricias a tu alma por lo que causé. Me repito y te repito: no te merecías que te tratara de la manera como lo hice, no era justo que te culpara ni te juzgara fuertemente. Me uno ahora a ti, para juntas cuidar y luchar por el derecho de las mujeres a una vida libre sin violencia. Ayudaré a que mi voz crítica y ruda te defienda en lugar de juzgarte. ¿Qué te parece? Ojala me aceptes en tu vida, y no me destierres, en verdad me volveré aliada para lograr tus causas. 
Te dejo un fuerte y cálido abrazo.


No me arrepiento de nada 
Gioconda Belli

No me arrepiento de nada
Desde la mujer que soy,
a veces me da por contemplar
aquellas que pude haber sido;


las mujeres primorosas,
hacendosas, buenas esposas,
dechado de virtudes,
que deseara mi madre.
No sé por qué
la vida entera he pasado
rebelándome contra ellas.
Odio sus amenazas en mi cuerpo.
La culpa que sus vidas impecables,
por extraño maleficio,
me inspiran.
Reniego de sus buenos oficios;
de los llantos a escondidas del esposo,
del pudor de su desnudez
bajo la planchada y almidonada ropa interior.

Estas mujeres, sin embargo,
me miran desde el interior de los espejos,
levantan su dedo acusador
y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
y quiero ganarme la aceptación universal,
ser la "niña buena", la "mujer decente"
la Gioconda irreprochable.
Sacarme diez en conducta
con el partido, el estado, las amistades,
mi familia, mis hijos y todos los demás seres
que abundantes pueblan este mundo nuestro.

En esta contradicción inevitable
entre lo que debió haber sido y lo que es,
he librado numerosas batallas mortales,
batallas a mordiscos de ellas contra mí
-ellas habitando en mí queriendo ser yo misma-
transgrediendo maternos mandamientos,
desgarro adolorida y a trompicones
a las mujeres internas
que, desde la infancia, me retuercen los ojos
porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
que se enamora como alma en pena
de causas justas, hombres hermosos,
y palabras juguetonas.
Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
e hice el amor sobre escritorios
-en horas de oficina-
y rompí lazos inviolables
y me atreví a gozar
el cuerpo sano y sinuoso
con que los genes de todos mis ancestros
me dotaron.

No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
No me arrepiento de nada, como dijo la Edith Piaf.
Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
cuando, en las mañanas, no más abrir los ojos,
siento las lágrimas pujando;
veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
blandiendo condenas contra mi felicidad.
Impertérritas niñas buenas me circundan
y danzan sus canciones infantiles contra mí
contra esta mujer
hecha y derecha,
plena.

Esta mujer de pechos en pecho
y caderas anchas
que, por mi madre y contra ella,
me gusta ser.

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