8.04.2008

Caminatas


Dicen que fui bastante atrevida y ansiosa de aprender a caminar, hay fotos en los álbumes familiares donde mis acrobacias desde la andadera hasta el piso me muestran con equilibrio y gracia. Quizá desde entonces intuía lo que una caminata ofrece. En el kinder participé en una competencia de caminata por Av. 16 de septiembre, con uniforme blanco y visera roja (en un cajón de casa de mis papás está la foto del periódico de ese evento). Mis caminatas matutinas hacia el kinder o la primaria las recuerdo con agrado, todos los días al pendiente de las novedades: si un árbol caído, si un personaje nuevo o diferente a la “señora yogui” que siempre corría, si un charco enorme como lago, si un animal nuevo en la casa que usaban como establo. Las caminatas en la adolescencia por el paisaje semi-urbano de Huentitán, caminatas largas hasta el mirador de la barranca, caminatas desde la Plaza de Toros hasta la casa. Después recorrí a pie la ciudad, la conquisté, me la apropié, desde el Instituto Cabañas, atravesando las plazas: la tapatía, la de armas, de las sombrillas, pasando por el ex-convento del carmen, parque revolución, la universidad, las casas antiguas de av. Vallarta hasta la avenida Américas. Cuando se me acabó la ciudad, disfruté de hacer viajes y caminar en otras ciudades, andar por ciudades desconocidas y descubrir rincones inesperados y sorprendentes, tomar fotografías o sólo caminar por caminar.

He disfrutado distintos paisajes al caminar en el bosque, en la selva, en la arena; dentro de una cueva, de una mina, de un cráter o de una gruta. Me encanta disfrutar el recorrido ya sea bajo la lluvia, el sol, la luna. El ritual termina con unos cuantos dolorcitos en mis pies y su masaje respectivo en agradecimiento a su “compañía sustentable”.
Gracias piesecitos del 2 y medio ó 3 por soportarme tanto.

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