Cotidianamente vela por su bienestar. Le cuida, le observa. Corre a darle protección por si acaso el viento, la brisa o el polvo quisieran hacerle daño. Parece que no ha sido lastimado, pero él está ahí, dando unas caricias y miradas, miradas de amor. Es un amor religioso, ritualista. Le acaricia incansablemente y con una franela suave le frota, le limpia o simplemente acaricia. Mi vecino, deja la puerta entreabierta de su casa, para desde la sala seguir cuidando y observando que no le pase daño alguno. Mi vecino expresa un culto en ese amor cercano e inevitable, casi puede verse reflejado en él.
El auto y su hombre a veces son UNO.
uy, y yo q en un principio pense en amor madre - hijo....
ResponderEliminaryo también, cuando lo veo tan embelesado
ResponderEliminarsaludos Tali