Pocos planes había hecho para mi viaje a la ciudad. El concierto era lo que me llevaba. No citas, no boleto de regreso. Ganas de caminar la ciudad, sin prisa, sin horarios. Ganas de no pelearme con el sol, ni apretujarme en la ruta 604. Ganas de libros, calle Chapultepec, un café, un lugar para leer un rato. Ganas de disfrutar el anonimato de la ciudad. Uno planea. La vida te sorprende.
En el concierto me encuentro con un ex-alumno; abrazo y beso, me dijo: justo en este día me acordé de ti, porque expuse sobre la libertad, recordé cuando me puse mi letrero, y lo que me dijiste (En los 4 años que trabajé en aquella escuela jamás me encontré ningún alumno en la ciudad, y ahora en el concierto después de él, a lo lejos ví otros más).
En la mañana del sábado salí a pasear. De compra en las librerías. Veo a un amigo promotor de lectura, y a otro ex-alumno que tampoco vive en la ciudad. Un rato más por la calle Chapultepec. Un café, lectura en el camellón, hablar por teléfono y andar hacia el camino de regreso. Después, el encuentro con un ex–compañero de la licenciatura en la época que me cambié de turno a la tarde.
Un viaje en el que me encontré con gente con la que jamás me citaría. Fueron encuentros inesperados y gratos, me trajeron partes mías que estaban también repartidas, pizcachitos de mí, sorpresas de lo que uno deja en otros, de lo que uno se trae de otros. Sorpresas y regalos dulces.

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