5.11.2008

Volar...

Es delicioso soñar que se vuela. Repetidamente, durante mi niñez me soñaba sobrevolando el parque que era el camino cotidiano a la escuela primaria. Ahí estaban bajo mi vuelo los arbustos, el “lago Chapala” que se formaba después de la lluvia en una explanada de tierra donde aún no sembraban árboles, la mini-presa que abastecía de agua para regar los rosales, los juegos, columpios, resbaladillas, sube-y-baja, changueros, voladoras, tiovivo. Un recorrido para disfrutar en vuelo, desde casa de mis papás hasta el jardín frente a la primaria. Sólo levantaba los brazos y ya estaba volando. Me movía con mi cuerpo estirado, al estilo superman, rompiendo el aire, o como diría Gabriel Orozco, rompiendo la simetría, mi rostro como el eje que rompía la simetría del paisaje, mi cabello ensortijado –descrito así por mi hermana- sacudiéndose al vuelo, el aire como sostén de mi cuerpo, amortiguador, capitán. Un vuelo sin tiempo. En los sueños parece que no hay tiempo, mucho menos en la niñez. Otras veces me soñaba al vuelo como si estuviera en una alfombra mágica, me ponía en cuclillas, brincaba un poco, me ponía en flor de loto y ya estaba flotando, lista para el viaje. No he vuelto a tener esos sueños, y era delicioso. Ahora estos sueños aparecen en el día. Imagino que vuelo al Cerro del Cubilete y desde ahí hasta un volcán… quizá el volcán Etna en el Caribe o para no ir tan lejos, por lo menos al Valle de las Luminarias.

Este video de Sigur Rós revivió mi gusto por el vuelo:


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