La luz, escondida tras el telón de la oscuridad, espera la cuenta regresiva para hacer su aparición en la tercera llamada. Los gallos animan un concierto para recibir al día. Cierro los ojos, me siento en la selva. El calorcito matinal en la piel, un olor a dulce que viene de fuera, imagino el sabor a mango. El canto de los pájaros se oye en distintos puntos. Imagino que algunos polluelos tienen hambre, algunos lucen su canto grave, otros, como pájaros salvajes, en silencio, observan, preparan el ataque del día. Escucho que desde lejos viene una canción, es una casa que extendió la fiesta o que recién la comienza. El aire fresco trae olor a lluvia. El paisaje en calma. La naturaleza habla cuando los habitantes nos callamos.
La gata hoy no llora pidiéndome comida, sabe que me quedo y no saldré de prisa. Está aquí en mi regazo, jugando con los audífonos, me maúlla con voz de “aquí estoy bien”. Escuchamos las campanadas a lo lejos, los perros que ladran. La luz va pintando los cerros, el cielo, las casas, el pasto, los árboles. ¡Qué magnífico pincel!
La ciudad tiene su ritmo al despertar, sus personajes, sus sonidos, olores. Cuando viajo me encanta conocer la ciudad a sus primeras horas, cuando la gente abre paso al día, cuando aún somos vulnerables y aparece nuestra esencia.
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