Me han dicho que sentirse infeliz es un mal que hay que curarse y quitarse de encima. La infelicidad como algo que limita, incapacita, molesta. Es indeseable, estorbosa, un mal de nuestros tiempos, que antes la gente era feliz. La infelicidad parece un estado que viene a la vida para joderla, entorpecerla. La infelicidad es una discapacidad, se debe huir de ella, estar prevenido para enfrentarla, debes conseguirte un “couch” y te entrene a quitar de encima la fregadera "esa" llamada infelicidad. Y ahí están todos los guardianes de la felicidad eterna: no estés triste, ay! quita esa cara, ya se te pasará, lo siento por ti, échale ganas ya saldrás de esta, ni te le acerques está de malas. Dan por sentado que se debe salir de ahí, que priva, daña, calcina, contagia, paraliza. ¡Y joder! terminas por aceptar estas creencias. Entonces ya ni si quiera se vuelve disfrutable. El ocio consabido pegado a ella en el que te dedicas a pensar, se escapa. El recuento de lo que se extraña, el sabor del recuerdo, las lágrimas, las canciones que te acompañan en esos ratos, las charlas filosóficas, lo que produces junto con ella, las nuevas ideas, la renovada fuerza. Entonces huir de ella, sí que te jode. Olvidamos lo intenso que puede ser sumergirse en la infelicidad y navegar en oscuros pasajes, reconocer las grietas que duelen, mirar los rastros que han dejado otros, tocar y acariciar la melancolía, dar un beso a los sueños no logrados, catar la infancia. El derecho a la infelicidad parece no proclamarse, pero debería. Tener derecho a los lamentos, a tirarse al suelo, llorar, apedrear la casa propia, escupir verdades.
Hoy - no voy a cambiar- voy a dejar los trates sucios, la cama destendida, los libros regados, el pelo desarreglado, los dientes sucios, la ropa arrugada. Hoy le daré la bienvenida a la infelicidad, seré su anfitrión, compartiremos el silencio, la soledad, los latigazos del pasado, la agonía del futuro. Brindaremos por "el mundo de lo que hubiera sido", y caminaremos en él, daremos palmadas a personajes de entonces, recibiremos los premios y regalos merecidos, veremos los álbumes de lo viajes que hubieran sido, las profesiones que hubiéramos desempeñado, la gente que hubiéramos conocido. ¡Ahhh! ya me lo estoy deleitando, estar ahí, simplemente estar ahí.
Si después de leer esto, ha causado en usted alguna molestia, desacuerdo, y no lo hizo del todo feliz, está usted en todo su derecho.
Y siguiendo con todo lo que nos dicen sobre la infelicidad y sus acompañantes, está la odiosa frase: "el hubiera no existe", que generalmente va acompañada de un "deja de pensar en eso".
ResponderEliminarPero el hubiera sí existe, y negarlo muchas veces sólo acrecenta el problema. Porque siguiendo los hubiera se llegan también a otros momentos de infelicidad.
La infelicidad está ahí y todos entramos en ella; cada quién aprende cuánto tiempo tiene que estar ahí, y algunos incluso deciden ser desde ahí.
GLM