Cuando las mujeres limpian el espacio, la naturaleza salvaje se desarrolla mejor.
Clarissa Pinkola Estés.
Carmen reflexionaba que en estas fechas le llaman año viejo a los últimos días, horas y minutos a pesar de que son nuevecitos, como los primeros del año. Los últimos días –se cree- forman parte de lo viejo como si al día siguiente realmente viniera todo lo nuevo. Aún así, pensaba en hacer los rituales de despedida para prepararse a lo nuevo.
Carmen abrió las puertas del closet para comenzar el ritual de orden, jaló las manijas en las mismas fechas que lo hicieron otras mujeres en otros tiempos. Los cajones se vacían y reclasifican mientras se van a remojar las prendas que guardan humedad y olvido. Entonces se ponen en el escaparate de la cama y el piso, las prendas a las que hay que juzgar para definir su permanencia o no. A cada prenda se le tiene cariño, por algún motivo fue elegida para cuidar y proteger la intimidad de la piel y el cuerpo. Ahora viene el juicio injusto. ¿Qué se queda, qué se va? La antigüedad no tiene que ver como criterio. Carmen rescata año tras año algunas prendas y otras apenas resisten el primer juicio. Años atrás descartó los abrigos heredados por la tía abuela, no quiso cobijarse con ellos aunque eran de buena lana, despreció la herencia de las mujeres de su familia para desear cobijarse con su propia ropa. Así que, elegir lo que de Uno mismo ya no cobija, se vuelve más complicado. La medida es un buen comienzo. Carmen le dice adiós a la ropa de talla chica, su carne no cabe más en las medidas de la tela. Otras le quedan chicas del alma, le hacen parecer con una personalidad que ya no le viene ni representa a la que es. Hay prendas que forza en salvarlas del exilio, les tiene tanto afecto y piensa que realmente las usará, y las guarda en el cajón de “por si acaso”, aunque en el fondo sabe que ya no las necesita y debería desocupar el lugar para dar espacio a lo nuevo. Este año se esforzó por abrir los cajones y desprenderse del afecto entrañable de algunas prendas y de un sólo jalón llenó dos bolsas grandes con la ropa que sacaría de su vida, por ello decidió no pensarlo demasiado y se concentró en la sensación que se libera cuando una mujer sabe que su closet está en orden y limpio. Cerró los ojos y se imaginó entrando a su casa sabiendo que ese espacio ya está en orden y aunque nadie más lo note al entrar a la casa, ella sabe que su closet se ha ampliado. A Carmen le ayudó pensar en espacios abiertos y bañados de aire, se imaginó que prestaría atención a otras texturas y colores y se atrevería a cambiar sus combinaciones habituales para dejarse renovar con mayor frescura.
Tras la limpieza, las puertas ya están cerradas nuevamente, pero aún así el aire fluye y se respira mejor.
Carmen recibió otro año más, limpiando y renovando lo mismo que no es lo mismo, ampliando el closet y haciendo la labor de respirar una nueva casa.
Carmen abrió las puertas del closet para comenzar el ritual de orden, jaló las manijas en las mismas fechas que lo hicieron otras mujeres en otros tiempos. Los cajones se vacían y reclasifican mientras se van a remojar las prendas que guardan humedad y olvido. Entonces se ponen en el escaparate de la cama y el piso, las prendas a las que hay que juzgar para definir su permanencia o no. A cada prenda se le tiene cariño, por algún motivo fue elegida para cuidar y proteger la intimidad de la piel y el cuerpo. Ahora viene el juicio injusto. ¿Qué se queda, qué se va? La antigüedad no tiene que ver como criterio. Carmen rescata año tras año algunas prendas y otras apenas resisten el primer juicio. Años atrás descartó los abrigos heredados por la tía abuela, no quiso cobijarse con ellos aunque eran de buena lana, despreció la herencia de las mujeres de su familia para desear cobijarse con su propia ropa. Así que, elegir lo que de Uno mismo ya no cobija, se vuelve más complicado. La medida es un buen comienzo. Carmen le dice adiós a la ropa de talla chica, su carne no cabe más en las medidas de la tela. Otras le quedan chicas del alma, le hacen parecer con una personalidad que ya no le viene ni representa a la que es. Hay prendas que forza en salvarlas del exilio, les tiene tanto afecto y piensa que realmente las usará, y las guarda en el cajón de “por si acaso”, aunque en el fondo sabe que ya no las necesita y debería desocupar el lugar para dar espacio a lo nuevo. Este año se esforzó por abrir los cajones y desprenderse del afecto entrañable de algunas prendas y de un sólo jalón llenó dos bolsas grandes con la ropa que sacaría de su vida, por ello decidió no pensarlo demasiado y se concentró en la sensación que se libera cuando una mujer sabe que su closet está en orden y limpio. Cerró los ojos y se imaginó entrando a su casa sabiendo que ese espacio ya está en orden y aunque nadie más lo note al entrar a la casa, ella sabe que su closet se ha ampliado. A Carmen le ayudó pensar en espacios abiertos y bañados de aire, se imaginó que prestaría atención a otras texturas y colores y se atrevería a cambiar sus combinaciones habituales para dejarse renovar con mayor frescura.
Tras la limpieza, las puertas ya están cerradas nuevamente, pero aún así el aire fluye y se respira mejor.
Carmen recibió otro año más, limpiando y renovando lo mismo que no es lo mismo, ampliando el closet y haciendo la labor de respirar una nueva casa.

Yo no se lo que es el orden, en mi pocilga se respira un aire enrarecido, aires del año viejo, aunque el nuevo ya está bien apostado en todos los asuntos personales, los que pudé resolver antes del cambio y los que continuaré arrastrando, no sé por cuantos días más.
ResponderEliminarMe gusto el relato, el mensaje que contiene, quizás algún día yo también pueda hacer limpieza profunda, en lo que se ve y en lo que no se nota.
Feliz Año Nuevo, Involucrada, que todos tus planes se realicen como Tú deseas y necesitas.
Cuídate, luego nos leemos.
Esta es, pienso a veces, una de las grandes diferencias entre hombres y mujeres y quizá una de las principales razones por las cuales no siempre logramos entendernos: Su cariño y preocupacion por la ropa.
ResponderEliminarCoincido con Pherro, un estupendo relato que da para mucho más. Tu tienes alma de escritora, lo creo en verdad.
Sí, muy bueno.
ResponderEliminarLo he leído asintiendo con la cabeza, es muy femenino, es muy delicado...muy privado. Le has dado sentido a un ritual casi automatico y funcional, pero que, como todo lo que hacemos, encierra estas cosas de las que hablas.
gracias.
Feliz Año Implicada, Feliz año a todos tus lectores :)
un abrazo,
lauri.
Pherro,
ResponderEliminarHay algo de alivio en el orden y la limpieza, aunque tiene su personalidad y encanto el desorden. Tu pocilga te dirá su momento, jejeje.
Feliz cada día del siguiente año para ti también, en su justa medida.
Cuídese, y nos leemos.
Todavía,
ResponderEliminarjejejeje esas diferencias de género, mi físico dice que es antinatural planchar la ropa, dice que a la tela le duele y molesta, jeje tu crees?
Mi alma irá saliendo del ropero poco a poco...
Lauri,
ResponderEliminarGracias a ti, por tus comentarios, qué lindo que lo disfrutes asintiendo, jejejeje.
También mis mejores deseos, dichos aquí y allá.
Me cuesta trabajo hacer limpieza de ropa, siempre les doy una última oportunidad a las prendas aunque esta nunca llegue.
ResponderEliminarPuede que así sea en la vida real, pidiendo siempre una última oportunidad.
Un abrazo.
Malque,
ResponderEliminara mi me pasa lo que a ti, por eso tomo fuerza cuando ya no quedan las segundas oportunidades.
Un abrazo grande y feliz año