Había mucho miedo. Después de lo de Morelia, se temía que algo sucediera en el Cervantino, sobre todo en la clasura con Café Tacuba. Cerraron las calles que dan a la Alhóndiga desde un día antes. Los chavos se quedaron a dormir en la calle, los desalojaron y volvieron a hacer fila para entrar desde las seis de la mañana, para que comenzara el concierto a las ocho de la noche. Un caos ese día para transitar, unas filas eternas que daban vuelta y vuelta. Tres accesos para quienes entrarían sin boleto, y un acceso para los que tenían boleto. Una amiga me dijo que conseguiría dos boletos, nos fuimos desde las cuatro de la tarde para ver si nos los daban y mientras esperábamos, el barullo de la gente, cantos, bulla... Entramos a la Alhóndiga a las cinco y media, pasando por tres diferentes puestos de seguridad y detectores de metal. No pude creer que entré. Adentro había poca gente comparada con la que se quedó afuera. Dicen que dentro estábamos 5 mil y afuera el triple. Los de seguridad con nervios, antimotines, agentes encubiertos, francotiradores en las azoteas y mientras comenzaba el concierto una chava vendiendo besos tapatíos a cinco pesos. Parte de la parafernalia del concierto.
Pensé que los Tacubos debían ser muy listos para manejar la masa de gente y el concierto no se saliera de control, y así fue. Me parecieron geniales sus mensajes de amor, bromear con la poli, hablar de política, saludos a los que los vieron desde las pantallas, intercalar las canciones eufóricas con las tranquilas. Geniales. Geniales. Canciones y baile, gritos, diversión, recuerdos de la gente que le gustan los Tacubos.
Al final, su despedida "ya ven, no pasó nada" el miedo se disipó, una despedida bella deseándonos un buen camino a casa y esperando que todo siguiera tranquilo.
Y así fue. Salió todo bien.
Espero y deseo que así siga la tranquilidad en el ciudadano común.
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