10.28.2008

Salió todo bien.

Había mucho miedo. Después de lo de Morelia, se temía que algo sucediera en el Cervantino, sobre todo en la clasura con Café Tacuba. Cerraron las calles que dan a la Alhóndiga desde un día antes. Los chavos se quedaron a dormir en la calle, los desalojaron y volvieron a hacer fila para entrar desde las seis de la mañana, para que comenzara el concierto a las ocho de la noche. Un caos ese día para transitar, unas filas eternas que daban vuelta y vuelta. Tres accesos para quienes entrarían sin boleto, y un acceso para los que tenían boleto. Una amiga me dijo que conseguiría dos boletos, nos fuimos desde las cuatro de la tarde para ver si nos los daban y mientras esperábamos, el barullo de la gente, cantos, bulla... Entramos a la Alhóndiga a las cinco y media, pasando por tres diferentes puestos de seguridad y detectores de metal. No pude creer que entré. Adentro había poca gente comparada con la que se quedó afuera. Dicen que dentro estábamos 5 mil y afuera el triple. Los de seguridad con nervios, antimotines, agentes encubiertos, francotiradores en las azoteas y mientras comenzaba el concierto una chava vendiendo besos tapatíos a cinco pesos. Parte de la parafernalia del concierto.
Pensé que los Tacubos debían ser muy listos para manejar la masa de gente y el concierto no se saliera de control, y así fue. Me parecieron geniales sus mensajes de amor, bromear con la poli, hablar de política, saludos a los que los vieron desde las pantallas, intercalar las canciones eufóricas con las tranquilas. Geniales. Geniales. Canciones y baile, gritos, diversión, recuerdos de la gente que le gustan los Tacubos.
Al final, su despedida "ya ven, no pasó nada" el miedo se disipó, una despedida bella deseándonos un buen camino a casa y esperando que todo siguiera tranquilo.
Y así fue. Salió todo bien.
Espero y deseo que así siga la tranquilidad en el ciudadano común.

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