
De niña me encantaba abrir la cajita de aretes y collares de mi mamá. Me ponía frente al espejo y me probaba una y otras vez cada una de las piezas guardadas. La mayoría eran aretes de clip. El diseño y estilo de los aretes eran una mezcla de filigrana, arabescos, también arracadas plateadas y doradas. La mayoría de los aretes eran largos, de piedras de colores mezclados, con formas en gota, redondos, hexagonales. La caja, ahora que lo pienso, tenía un tamaño limitado, pero siempre me parecía una exploración inacabada. Podría encontrar un nuevo par de aretes, un collar más largo que el anterior, me quedaría mejor el par ambar que el verde o los violetas. El encuentro y descubrimiento de lo femenino a través de los aretes, es algo persistente en mí. Mi amiga de ojos grandes diría, “nunca sales sin ellos desde que te conozco” También mis alumnos están atentos a los materiales, colores y formas (hasta me regalaron unos de almendras, que en un ataque de hambre no sobrevivirán). Siempre estoy viendo cuál nuevo par comprarme, cómo seguir explorando este gusto por tener algo de mi mamá.
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