Los tapatíos tienen la noción del jardín japonés gracias al Bosque de los Colomos, otros, tendrán sus propias experiencias e imágenes, pero no dudarán que en él se encuentran: ríos, cascaditas, piedras, peces; todo un arte en el paisajismo para causar estados de relajación y espiritualidad. Digo esto para reírme y considerar mi oficina un grotesco jardín japonés. Sí, mi oficina tiene un jardín japonés incluido. Una de las paredes, es decir, una de las rocas de cerro que se adecuaron como pared para mi oficina “llora agua” –como dicen acá-. El arquitecto considerando este detalle, y para darle gracia al espacio, decidió que evitar encharcamientos, sería muy “nice” diseñar un canalito para que el agua corra. Así que de entrada ya poseo una cascada y un río en mi oficina. Peces aún no he visto, pero después del fin de semana en que ese espacio está cerrado, juraría que los lunes en la mañana me da olor a pescado, no sé si se esconden de mí, no los veo, pero juraría que por ahí ha nadado uno que otro. Mi alumnos se ríen, (¡ya qué!) y dicen que ya tengo todo un equipo multisensorial para relajarlos y hacer que “suelten la sopa más pronto”. Por lo pronto, la imitación de jardín japonés lo único que ha logrado relajar es a mi sistema inmunológico haciéndolo presa de bichos y bacterias a pesar de mi shot vitáminico de aderogyl, bedoyecta, emulsión scout, y mis licuados con avena y amaranto. No hubo de otra, he pedido un cambio de oficina.
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