
Soy un Guanajuato en miniatura. Mi geografía interna es –como diría Ibargüengoitia- de una arquitectura fácil de distinguir, difícil de definir. Mi poblado interno alberga casas de colores, distribuidas a diferentes alturas, distancias. Hay casas con balcones adornados con macetas, casas con perros en las azoteas o con gatos retozando en la ventana. Los personajes de mi vida habitan en una de esas casas, yo los he recibido como inquilinos honorarios, sin renta, sin depósito y sin fecha de cancelación de contrato. Algunos habitan desde hace años, y siguen aquí construyendo, ampliando su territorio cuidando sucasa-lamía-lanuestra. Hay quienes emigraron desde hace tiempo y dejaron su huella, su espacio, y de vez en cuando se asoman, se dan una vuelta y juntos desempolvamos lo que siempre ha habido aquí. Hubo inquilinos, pocos en realidad, que tuve que sacar -no cuidaron del lugar, le hicieron grietas- personajes que aún están asomándose, adjudicándose derechos y opinando sobre el lugar que habitaron. Con otros, estoy dispuesta, ansiosa de recibirlos, pero no coincidimos, así que la casa para ellos está en espera de ser habitada, la cuido deseando que el polvo no la cubra demasiado pronto con una capa gris. Con los nuevos, poco a poco vamos definiendo dónde estarán, cuál será el tamaño de su casa, ubicación y color. Hay casas que yo mantengo limpias y listas porque sus inquilinos están/estarán por llegar. Me gusta recibir gente, permitirles un espacio, una casa. Me gusta repartir mi geografía interna, tener la casa llena, ver el poblado crecer, verlo mudar, ver que a veces está lleno y otras veces está por poblarse.
¿Y este verano, quién nos visitará?
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